La Utopía… un sueño posible

“¡Ay utopía! Incorregible, que no tiene bastante con lo posible”

J.M. Serrat

Así era la Utopía…

¿Hasta hace cuánto tiempo habitó la utopía entre nosotros? ¿Hay alguien aquí que se acuerde de ella? Era curiosa… entrañable y necesaria pero rara era también… porque a veces se nos presentaba como un palomo verde o un olivo blanco, pero así era el vestido… o tal vez era un disfraz… que se ponía nuestra esperanza cada mañana para salir a la calle y enfrentar el día a día. No era redonda ni cuadrada la utopía, pero se levantaba en el cielo como lo hace la luna y se encendía en lo más oscuro de la noche como un faro que nos señalaba cuál era el camino a seguir. Así era… y ya no es, hace tiempo que la utopía no habita entre nosotros; anda por ahí, por las tierras de los dioses caídos esperando que un día vayamos a su encuentro y la reclamemos y la llamemos de nuevo a nuestra vera, porque la verdad, por cómoda y fácil que pudiese plantearse la vida, es que sin utopía la vida no deja de ser otra cosa que un largo y aburrido “ensayo general para muerte” (Serrat).

La Utopía no es una fábrica de nubes

Utopía no es irrealismo ni ucronía. Utopía no es el limbo donde se espetan incoherencias cuya única virtud dudosa consistiría en poner nervioso al más razonable. El utópico no es el soñador, el perezoso mental, el diseñador de proyectos irrealizables a los que faltaría el más elemental cálculo de resistencia de materiales.

“Una utopía es un ideal histórico concreto, una imagen dinámica que ha de ser realizada como movimiento y como línea de fuerza, y por eso mismo es realizable. De ahí que pueda estar lejana su realización y sin embargo servir desde luego de punto de mira a inspirar, durante un período de preparación que puede ser muy largo, una acción proporcionada a su vez, en cada instante, al fin futuro y a las circunstancias presentes. Esto es lo que llamamos una acción política de largo alcance” (Maritain).  Situados en el terreno social, las utopías serían “modelos de organización social que ejemplifican, en su simplicidad, los valores básicos que se proponen como guía para la configuración concreta de una sociedad real” (Quintanilla y Vargas-Machuca).  Lo que se predica de la organización social puede predicarse de cualquier otro proyecto organizativo, ya sea la Comunidad religiosa o la Comunidad Educativa que trate de hacer activamente que lo valioso sea posible, y lo posible valioso.

Es misión entonces de la utopía abrir el horizonte de lo posible y crear un mundo de posibilidades inéditas. El deseo de ir más allá otorga a la existencia humana un sentido de paso, de despedida y de incesante superación, cual poderosa lanzadora exploratoria.

Cada época sueña la siguiente, de la que es motor, por eso un mapa de la tierra donde faltara una Utopía, sería un mapa incompleto, no merecería la pena ser mirado, por no contener aquel país al que la humanidad, tras haber llegado a él, y sin abandonarlo, busca desde el otro país mejor navegando de nuevo hacia allí. “Es al buscar lo imposible como el hombre ha realizado y reconocido siempre lo posible, y quienes están prudentemente limitados a lo que les parece posible no han avanzado nunca un solo paso. Por lo demás, a la vista de la inmensa carrera recorrida por el espíritu humano durante los tres mil años conocidos poco o más o menos por la historia ¿quién se atreverá a decir lo que, dentro de tres, cinco, diez mil años futuros será posible e imposible?” (Bakunin).

Para aquel que carece de pan, comer dos veces al día resulta máximamente utópico, en tanto que para quien puede hacerlo se trata de un simple tópico; cada día perecen por inanición 40,000 personas, -a ellas-, vivir les resultó tan imposible como utópico. Cuidado, pues, con descalificar las utopías, porque en muchas ocasiones resultan relativas al lugar desde el cual son definidas.

En el país de utopía no nacen iguales dos mañanas, tan radiante es la tonalidad de la luminaria que la alumbra, por eso las circunstancias que la instituyeron pasan cada día a ser nuevas aun siendo siempre viejas.

Utopías ayer, realidades mañana

¡La utopía ha muerto, viva la utopía! Volver a empezar, y basta: al final de la jornada cumpliste tu papel, pero seguiste siendo siervo inútil. La historia aparece desde este punto de vista como la reviviscencia de su utopía fundacional. Ninguna utopía ha sido dada nunca a luz sin severos dolores de parto.

El águila no puede despegar del suelo raso; tiene que saltar trabajosamente sobre una roca para, desde allí, elevarse hasta las estrellas.

Mística utópica

Pobre etimología tiene la palabra “mística”, procedente del verbo griego myo (cerrar), pues si bien es cierto que el místico es alguien celosamente entregado a lo que vive, no lo es menos que su testimonio, revierte y repercute en la acción vital. Los místicos son personas muy activas que mueven a cuantos se encuentran a su alrededor y cambian su vida, por ello, “ya es hora de sacar a la palabra mística de los eriales y de darle, fuera de su sentido religioso habitual, el sentido que de daba Péguy: doctrina, movimiento de acción en la integridad de su inspiración y el fervor de su juventud espiritual, viva en los corazones vivos” (Mounier). Nada, pues, de “misticismos” cuando hablamos de Utopía; no es el éxtasis o el arrobo el que conduce a la mística mediante terapias de la relajación y cursillos de fakirismo, sino en todo caso la mística la que puede generar esos instantes de plenitud.

Pero, si los místicos impelen a la presencia testimonial y a transformar la realidad, eso ocurre porque previamente ellos mismos se han sentido conmovidos por fuerzas profundísimas que les han transformado (lentamente, rápidamente, eso depende), de tal modo que en ellos existe un antes y un después de su experiencia.

“La libertad experimenta una alegría profunda de gratuidad en consultar su ley, una vez que por amor la ha asimilado, el espíritu místico se trasluce a través de esas maneras de gran raza que mantienen con las cosas del espíritu quienes, en una larga familiaridad con ellas, han aprendido en ellas la delicadeza. Se reconoce también en que capta cada problema espontáneamente, desde el punto de vista más alejado de los intereses egoístas y temporales que gravitan en torno al hombre, al individuo, a la clase, a la nación. Es propiamente el sentido de lo eterno” (Mounier).

Aún es posible la Utopía

Nunca la humanidad estuvo más cerca de dominar los secretos del cosmos; nunca como hoy supo producir tanto; nunca se preocupó tanto por los derechos humanos (preocupación por desgracia no siempre traducida en obras); nunca la humanidad, en una palabra, se encontró en mejores condiciones objetivas para hacer del mundo algo nuevo, diferente. Parece mentira que aún haya que repetir a los realistas que la utopía nada tiene que ver con la “fábrica de nubes”, antes al contrario consiste en ver más diáfanamente, liberándose del mero mirar sin capacidad para contemplar lo real que duerme en lo posible, así que, como diría A. Llanos: “dime qué consideras utópico y te diré en que crees, es decir, quién eres. Si no crees en la búsqueda del bien y en el ejercicio de la inteligencia tu discurso está agotado y hay poco de que hablar. Si, en cambio sigues teniendo la gozosa ingenuidad de creer en la dignidad de la persona humana, entonces tenemos que hablar de muchas cosas”.

H. Roberto Medina L. Anaya, fsc